Cuando Guga ganó Roland Garros, yo estaba en la cocina escuchando la radio
En 1997, un muchacho de Santa Catarina puso el tenis patas arriba. Hoy, viendo a Fonseca y a Guto Miguel, esa misma sensación está de vuelta.
Era el 8 de junio de 1997. Yo estaba preparando el almuerzo del domingo cuando mi esposo gritó desde la sala: “¡Lúcia, ven a ver esto!”. Él nunca gritaba para llamar a nadie.
Fui corriendo. En la televisión, un muchacho rubio de Santa Catarina levantaba un trofeo dorado en París. Gustavo Kuerten. Tenía 20 años. Era el número 66 del mundo. Acababa de ganar Roland Garros.
En esa época yo no entendía mucho de tenis. Sabía que existía, que había una Arantxa Sánchez-Vicario y que era un deporte caro, de club. Pero Guga cambió eso. Después de aquel domingo, muchas cosas cambiaron.
Lo que hizo Guga más allá del marcador
Guga ganó Roland Garros tres veces. Eso cualquiera lo puede buscar. Lo que los números no muestran es lo que hizo con la gente que nunca había visto un partido de tenis en su vida.
Mi hija menor empezó a pedir una raqueta después de 1997. Mi sobrino, que era la estrella del fútbol del barrio, le pidió a su padre que lo llevara a una cancha. Mi esposo, que nunca le había prestado atención al tenis, empezó a seguir todos los torneos.
Eso es lo que hace un campeón. No es el ranking. Es lo que siembra en las personas que estaban mirando.
Fonseca y Guto en este Roland Garros
La semana pasada, cuando leí que Guto Miguel había ganado el título juvenil de Roland Garros — 17 años, brasileño, arcilla, París —, volvió aquella sensación de 1997. No la misma. Es distinta, porque yo soy distinta, porque el mundo es distinto. Pero reconocí el sabor.
Y Fonseca en los cuartos de final. Dieciocho años. En la misma cancha donde Guga hizo historia.
No sé si Fonseca será el próximo Guga. Nadie lo sabe. Ese tipo de comparaciones es injusto con los dos — con Guga, que fue único, y con Fonseca, que está construyendo su propia historia.
Pero sé lo que siento cuando veo a ese muchacho de Río jugar con la mirada de quien está exactamente donde debe estar.
Se siente como 1997. Solo que esta vez lo vi por televisión, no por la radio.